Hacer una presentación debería ser un momento perfecto para generar el mejor clima en el que poder hacer llegar nuestro mensaje a un gran público, con un objetivo claro. Sin embargo, para muchos todavía este momento es una verdadera tortura. A la presión de hablar en público, se une la de proyectar un nivel adecuado en el manejo del software. La tecnología sigue marcando el ritmo de los negocios y la gestión empresarial. “Los empollones han ganado. Bienvenidos a Empollonilandia”, dijo el gurú de la gestión empresarial Tom Peters.

Seguro que habrán escuchado mil veces que en el momento de la presentación ‘no confíes en los papeles, porque estos se pueden perder…”, imagina lo que puede ocurrir si confías la presentación al funcionamiento de un software.

La naturalidad, la impronta personal, el arte de convencer con la palabra han dejado paso a bits y bytes tras los que nos escondemos. El maestro espadachin Odagiri Ichiun, mencionado por Guy Kawasaki, a menudo, en sus obras dice: “… el primer principio del arte consiste en no depender de los trucos de la técnica. La mayoría de los espadachines otorgan demasiada importancia a la técnica, convirtiéndola a veces en su mayor preocupación…”

La mayoría de los presentadores hacen del software su principal preocupación durante el proceso de preparación y durante la propia presentación, intentando explicar demasiadas cosas en demasiado poco espacio. El resultado son diapositivas ahogadas de texto e imágenes convencionales, letras demasiado pequeñas, difíciles de leer, y lo que es más preocupante: difíciles de recordar!

No estamos diciendo que no sea necesario conocer el software, sino que debemos evitar centrar en la técnica toda nuestra atención. El propósito de la preparación es el de encontrar un único mensaje que comunicar a un público para causar la reacción buscada, de una forma diferente, más simple, más visual, más natural y con más significado.