Igual que todo largo camino comienza con un primer paso, todo diálogo comienza con una palabra. El lenguaje es el sistema más complejo de comunicación y saber cómo utilizarlo es todo un arte al que todos los que buscan cierta cuota de poder, aspiran. Siempre que hablamos de poder pensamos en políticos, grandes empresarios, reputados periodistas, expertos en márketing… sin embargo, todos podemos descubrir en nosotros grandes dotes para utilizar las palabras.

Las palabras influyen. En psicología se llama priming, algo parecido a inducir un comportamiento, sugestionando a la mente que reacciona de manera predecible a símbolos y estímulos concretos. Y en este proceso, cada palabra, cuenta. “Nada como el hogar para amueblarnos la cabeza”, “Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás…” , “Un diamante es para siempre”… “¿Te gusta conducir?” Están en la mente de todos, han cumplido su función.

Las palabras predisponen, son mágicas.  Sigmund Freud ya hablaba de que  `Palabras y magia fueron al principio una y la misma cosa, e incluso hoy las palabras siguen reteniendo gran parte de su poder mágico. Con ellas podemos darnos unos a otros la mayor felicidad o la más grande de las desesperaciones, con ellas imparte el maestro sus enseñanzas a sus discípulos, con ellas arrastra el orador a quienes le escuchan, determinando sus juicios y sus decisiones. Las palabras apelan a las emociones y constituyen, deforma universal, el medio a través del cuál influimos sobre nuestros congéneres´.

Con este primer artículo comenzamos la iniciativa Palabra de Web. Ponemos a su disposición nuestro conocimiento en el arte del uso de las palabras y nos orientamos a conseguir sus objetivos. Convertimos las palabras en presentaciones corporativas, discursos, artículos, mensajes, etc. Compartimos nuestra pasión en talleres de formación a medida de sus necesidades. Y siempre, desde nuestra posición ganada a golpe de comunicación le asesoramos para que pueda cumplir con sus expectativas.

Este es nuestro primer diálogo y por ello, aunque sea contradictorio, hemos querido que nuestra primera palabra sea la que aquí aparece en último lugar: ¡BIENVENIDOS!